El bolsillo de los argentinos volvió a resentirse en marzo y profundizó una tendencia que ya lleva meses. El Indicador de Consumo de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC) registró una caída interanual del 1,3% y un retroceso del 0,5% respecto de febrero, en un contexto donde el consumo masivo no logra consolidar su recuperación. El primer trimestre de 2026 cerró así con un desempeño débil, lejos de los indicios de mejora que se habían observado un año atrás.
Detrás de esta dinámica se combinan varios factores que se potencian entre sí: inflación persistente, salarios que corren por detrás de los precios, menor nivel de actividad en sectores clave y un mercado laboral más frágil. En ese escenario, las familias ajustan sus gastos, priorizan lo esencial y modifican sus hábitos de consumo.
Uno de los principales condicionantes es la pérdida del poder adquisitivo. En marzo, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) avanzó un 3,4% mensual y acumuló un alza interanual del 32,6%. En contraste, los salarios registrados crecieron por debajo de ese ritmo: en febrero aumentaron en promedio un 1,8%, lo que implicó una caída real. La brecha se amplía al analizar el último año, donde los ingresos subieron 27,5% frente a una inflación del 33,1%.
La situación impacta de lleno en el consumo: con paritarias alineadas a incrementos cercanos al 2% mensual y una inflación sostenida por encima de ese nivel, la capacidad de compra de los trabajadores se reduce mes a mes.
A este cuadro se suma el deterioro del entramado productivo. Desde diciembre de 2023, más de 24.000 empresas dejaron de operar, según datos relevados por el think tank Fundar. La caída afectó principalmente a pequeñas y medianas empresas de sectores vinculados al mercado interno, como el comercio, la industria y la construcción.
El impacto en el empleo fue directo. Entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 se perdieron cerca de 300.000 puestos de trabajo asalariados formales. Al mismo tiempo, la desocupación subió al 7,5% y el empleo informal alcanzó al 43% de los ocupados, lo que agrava la fragilidad de los ingresos.
En los comercios, la crisis se traduce en cambios concretos en el comportamiento de los consumidores. Según la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), las ventas minoristas acumulan 11 meses consecutivos de caída. Los clientes optan por segundas marcas, compran en pequeñas cantidades y dependen cada vez más de promociones y descuentos para sostener el consumo.
Los datos del sector reflejan además una caída generalizada en distintos canales: supermercados, mayoristas y autoservicios continúan en baja, mientras que el comercio electrónico crece como alternativa para encontrar mejores precios. Aun así, el consumo se mantiene por debajo de niveles históricos en términos per cápita.
En este contexto emerge una economía de “dos velocidades”. Por un lado, sectores como el agro, la minería y la energía muestran dinamismo y crecimiento. Por otro, actividades intensivas en empleo —como la industria, la construcción y el comercio— siguen rezagadas. Esta dualidad explica por qué algunos indicadores de actividad pueden mostrar mejoras mientras el consumo de las familias continúa cayendo.
Las perspectivas hacia adelante dependen en gran medida de la evolución de los ingresos. Con el crédito mostrando señales de desaceleración y el empleo aún sin recuperar dinamismo, la recomposición salarial aparece como la condición central para reactivar el consumo y sostener una recuperación más equilibrada de la economía.