por Hernán Hamra
La victoria de Argentina sobre Inglaterra en el Mundial quedó rápidamente eclipsada por una imagen: los jugadores argentinos celebrando con una bandera que decía "Las Malvinas son argentinas". Bastó ese gesto para que dirigentes británicos reclamaran una investigación de la FIFA y varios medios del Reino Unido hablaran de una provocación política.
La reacción invita, como mínimo, a preguntarse qué entiende cada uno por provocación.
Porque mientras Londres cuestiona que un grupo de futbolistas exhiba una bandera vinculada con un reclamo de soberanía que la Argentina sostiene de manera ininterrumpida desde hace casi dos siglos y que forma parte de una política de Estado, el propio Reino Unido mantiene una construcción permanente de la guerra de 1982 como parte de su identidad nacional.
Museos militares, exhibiciones, monumentos, condecoraciones y ceremonias oficiales recuerdan el conflicto desde una perspectiva británica. Nadie en Argentina pretende censurar esa memoria. Forma parte de la historia del Reino Unido y de sus veteranos.
Lo que resulta llamativo es el doble estándar.
Cuando un Estado recuerda una guerra a través de instituciones públicas, exposiciones o actos oficiales, se habla de memoria histórica. Cuando unos futbolistas argentinos despliegan una bandera que expresa la posición oficial de su país sobre Malvinas, de inmediato aparecen acusaciones de "politización del deporte".
La diferencia no parece estar en el contenido del mensaje, sino en quién lo expresa.
La soberanía argentina sobre las Islas Malvinas no es una consigna partidaria ni una ocurrencia de un grupo de jugadores. Está incorporada en la Constitución Nacional, es respaldada por todos los gobiernos democráticos desde 1983 y constituye una política exterior sostenida en foros internacionales.
Paradójicamente, el Reino Unido suele rechazar esos llamados al diálogo mientras se muestra especialmente sensible frente a una bandera desplegada durante un festejo deportivo.
La FIFA resolverá si existió o no una infracción a su reglamento. Lo que difícilmente pueda discutir es que la causa Malvinas sigue siendo una política de Estado para la Argentina y un reclamo respaldado por resoluciones de las Naciones Unidas que instan a ambos países a reanudar las negociaciones sobre la soberanía.
Quizá eso explique por qué una bandera sostenida durante unos pocos minutos despertó tanta incomodidad al otro lado del Atlántico. No porque modificara el resultado de un partido, sino porque recordó ante millones de personas que la disputa por las islas sigue abierta y que el reclamo argentino continúa vigente.
Tal vez el Reino Unido debería dedicar menos esfuerzos a escandalizarse por una bandera en un estadio y más a responder el histórico llamado de la comunidad internacional para sentarse a dialogar sobre una cuestión que permanece sin resolver. Porque las banderas se guardan al terminar un partido; los conflictos pendientes entre los Estados, en cambio, no desaparecen con el pitazo final. Y ahí radica la mayor contradicción.
Quienes convierten una guerra en parte de su patrimonio histórico y la exhiben con orgullo en museos y ceremonias oficiales, hoy se escandalizan porque unos futbolistas levantaron una bandera. No parece molestarles la memoria de la guerra; parece incomodarles que esa memoria también recuerde que Malvinas sigue siendo una causa pendiente y, sobre todo,que siguen siendo argentinas.