Durante décadas, conseguir el primer empleo fue considerado el paso inicial hacia la independencia económica. Sin embargo, esa premisa parece haber perdido vigencia. Hoy, para miles de jóvenes argentinos, ingresar al mercado laboral ya no implica necesariamente mejorar sus condiciones de vida. La creciente informalidad, los bajos ingresos y la inestabilidad laboral configuran un escenario en el que trabajar muchas veces no alcanza para dejar atrás la vulnerabilidad.
Ese panorama quedó reflejado en el informe "Jóvenes vulnerables en la Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro", elaborado por investigadores del Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires. El estudio concluye que el 48,9% de los jóvenes de entre 18 y 29 años vive en situación de vulnerabilidad social, un indicador que excede la pobreza por ingresos e incorpora aspectos como educación, empleo, condiciones habitacionales y acceso a derechos básicos.
La investigación pone el foco en una realidad que atraviesa buena parte de una generación: el empleo continúa siendo la principal herramienta de integración social, pero acceder a un trabajo estable y registrado resulta cada vez más difícil.
Uno de los datos más contundentes del informe es la calidad del empleo al que acceden los jóvenes vulnerables.
Entre quienes lograron insertarse en el mercado laboral:
La consecuencia es inmediata: salarios inestables, ausencia de aportes jubilatorios, falta de licencias, escasa protección frente al desempleo y enormes dificultades para planificar un proyecto personal.
El propio informe advierte que el 57% de los jóvenes afirma que los ingresos de su hogar no alcanzan para llegar a fin de mes, aun cuando muchos de ellos participan del mercado laboral.
Las dificultades comienzan incluso antes de conseguir trabajo.
La inserción laboral juvenil suele enfrentar obstáculos estructurales: la exigencia de experiencia previa, la escasez de puestos para perfiles sin trayectoria, la rotación permanente y el crecimiento de modalidades de contratación precarias.
Los jóvenes aparecen así como uno de los grupos más expuestos a la inestabilidad económica, precisamente en la etapa en la que deberían consolidar su formación profesional, independizarse y comenzar a desarrollar un proyecto de vida autónomo.
El informe de la UBA también revela un fenómeno preocupante: la consolidación de un grupo de jóvenes que quedó completamente desvinculado tanto del sistema educativo como del mercado laboral.
Dos de cada diez jóvenes vulnerables no estudian ni trabajan. Pero el dato más alarmante es otro: entre quienes no tienen empleo, solo cuatro de cada diez buscaron trabajo recientemente, lo que evidencia un fuerte proceso de desaliento y pérdida de expectativas respecto de las posibilidades de inserción laboral.
Los investigadores describen este fenómeno como una ruptura del vínculo con las principales instituciones de integración social: la educación y el trabajo.
La precariedad laboral no solo afecta los ingresos. También impacta directamente en las trayectorias educativas.
Muchos estudiantes deben combinar jornadas laborales extensas con la cursada universitaria, reducir la cantidad de materias o incluso abandonar temporalmente sus estudios para priorizar la generación de ingresos.
Paradójicamente, el propio estudio muestra que el 85,7% de los jóvenes considera que estudiar es la principal herramienta para mejorar su calidad de vida, aunque reconoce que las dificultades económicas constituyen una barrera cada vez mayor para sostener esa expectativa.
En este escenario, las universidades públicas adquieren un papel que trasciende la formación académica. Programas de becas, comedores, tutorías, apoyo psicológico y dispositivos de acompañamiento se convierten en herramientas centrales para evitar que las condiciones económicas interrumpan las trayectorias educativas.
Las consecuencias de la precarización no son únicamente económicas.
El informe señala que más del 70% de los jóvenes relevados manifiesta sufrir problemas frecuentes de nervios o ansiedad, mientras que la mitad reconoce experimentar desgano o síntomas compatibles con cuadros depresivos. Además, un 30% admite tener dificultades para controlar el consumo de alcohol, tabaco u otras sustancias.
Los investigadores sostienen que la incertidumbre respecto del futuro, la inestabilidad laboral y la imposibilidad de proyectar una mejora en las condiciones de vida terminan afectando también la salud mental.
El mercado laboral continúa siendo uno de los principales canales de integración social. Sin embargo, el informe plantea que la vulnerabilidad juvenil ya no puede explicarse únicamente por la falta de trabajo.
La calidad del empleo, los ingresos insuficientes, la informalidad, las dificultades para continuar estudiando y el acceso limitado a derechos básicos forman parte de un entramado de desigualdades que condiciona las oportunidades de una generación.
Los datos del estudio de la UBA muestran que el desafío ya no consiste solamente en crear puestos de trabajo, sino en generar empleos formales, con derechos y salarios que permitan construir autonomía. En un contexto donde casi la mitad de los jóvenes vive en situación de vulnerabilidad, la inserción laboral deja de ser únicamente un indicador económico para convertirse en una de las claves del debate sobre el futuro social y productivo de la Argentina.