29/07/2026 - Edición Nº504

Opinión

El estilo presidencial

Cuando la confrontación deja de ser una estrategia y pasa a ser un método de gobierno

29/07/2026 | La forma de hacer política que llevó a Javier Milei a la Presidencia le permitió construir poder. Después de casi tres años de gestión, la discusión ya no pasa por el discurso, sino por los resultados.


por Hernán Hamra


Javier Milei llegó a la Presidencia rompiendo casi todas las reglas de la política tradicional. Hizo de la confrontación una marca registrada, desafió los códigos del discurso institucional y construyó una identidad que encontró eco en una sociedad cansada de promesas incumplidas y de los privilegios de una dirigencia cuestionada. Ese estilo no fue un accidente: fue la esencia de una estrategia que lo llevó a la Casa Rosada.

Los últimos días ofrecen una radiografía bastante precisa de que esa lógica sigue intacta.

Durante una entrevista en la Exposición Rural, Milei interrumpió la conversación al ver pasar al exministro de Producción José Ignacio de Mendiguren y le gritó: "¡Vos sí, ladrón!". No fue una crítica política ni una diferencia de criterios económicos. Fue un agravio personal pronunciado por el Presidente de la Nación en un ámbito público.

Poco después, el escenario del conflicto se trasladó al plano internacional. Desde Brasil volvió a cargar contra Luiz Inácio Lula da Silva, a quien calificó de "ladrón" y "presidiario", profundizando una crisis diplomática con el principal socio comercial de la Argentina.

Como si eso fuera poco, el Mundial también ingresó en la lógica de la confrontación. Milei denunció una supuesta campaña internacional contra la Argentina y sostuvo que detrás de las críticas al país existían intereses políticos organizados.

Y casi sin escalas, el Presidente viajó a Perú para participar de la asunción de Keiko Fujimori y reforzar su alineamiento con dirigentes de la nueva derecha latinoamericana, en una gira que volvió a exhibir una construcción política basada en la división entre aliados y adversarios.

Cuatro episodios distintos. Un mismo método.

La confrontación dejó de ser un recurso ocasional para convertirse en el eje de la comunicación presidencial.

Naturalmente, ningún mandatario está obligado a mantener un tono diplomático permanente. La política también implica disputar ideas, cuestionar decisiones y señalar responsabilidades. Lo que resulta llamativo es que, una y otra vez, el conflicto termina ocupando el centro de la escena, relegando el debate sobre los problemas cotidianos de los argentinos.

Y ahí aparece el verdadero interrogante.

Cuando Milei era candidato, la confrontación tenía un objetivo claro: diferenciarse de "la casta" y expresar el enojo de una parte importante de la sociedad. Funcionó. Nadie puede discutir que esa estrategia le permitió construir una identidad política poderosa y llegar al Gobierno.

Pero esa etapa quedó atrás.

Después de casi tres años de gestión, Milei ya no es un dirigente que denuncia desde afuera del sistema. Es el Presidente de la Nación y, como tal, la sociedad comenzó a medirlo menos por la intensidad de sus discursos y más por los resultados de su administración.

Mientras el Gobierno suma nuevos enfrentamientos, millones de argentinos siguen esperando respuestas sobre cuestiones mucho más concretas como la recuperación del poder adquisitivo de los salarios, el acceso al empleo, el deterioro del sistema de salud, la situación de las universidades públicas, el financiamiento de la ciencia y las dificultades que atraviesan amplios sectores de la producción y el consumo.

La herencia recibida puede explicar parte de esos problemas. Pero, con el paso del tiempo, ya no alcanza para explicar todos. Gobernar implica asumir que las responsabilidades dejan de estar exclusivamente en el pasado y pasan a medirse por las decisiones del presente.

Por eso resulta inevitable preguntarse si la confrontación permanente sigue siendo una herramienta política eficaz o si empieza a convertirse en un recurso para mantener el foco del debate lejos de las dificultades que la propia gestión aún no logró resolver.

El riesgo de esa estrategia es evidente.

Cuando cada semana tiene un nuevo enemigo como pueden serlo un exfuncionario, un presidente extranjero, un periodista, un rector, un sindicalista o un organismo internacional, el conflicto deja de ser excepcional y se convierte en rutina. Y cuando todo es batalla, las prioridades pueden terminar desdibujándose.

La investidura presidencial exige liderazgo, pero también templanza. Exige firmeza, pero también capacidad para construir puentes. Exige convicciones, pero también una responsabilidad institucional que trasciende la lógica de la campaña permanente.

La confrontación puede ser un recurso eficaz para ganar elecciones. Incluso puede servir para mantener movilizada a una parte del electorado. Pero ningún gobierno se sostiene indefinidamente sobre la lógica del enfrentamiento. Tarde o temprano, la realidad termina imponiendo su propia agenda y las sociedades dejan de evaluar a sus dirigentes por la intensidad de sus discursos para hacerlo por la calidad de sus resultados.

Porque un presidente puede elegir a sus adversarios. Lo que no puede elegir es cuáles son los problemas que esperan ser resueltos. Y las peleas pueden dominar la agenda durante unos días. Los resultados son los que terminan definiendo un gobierno.