por Hernán Hamra
Hay una frase que resume buena parte de la escena política que atraviesa al Gobierno de Javier Milei: “No concedan nada”. Según fuentes al tanto de la reunión que el Presidente mantuvo con ministros y legisladores de La Libertad Avanza, esa fue una de las instrucciones que recibió su tropa frente a los cuestionamientos sobre la economía.
Milei habría rechazado durante ese encuentro que exista una caída generalizada de la actividad, una pérdida de puestos de trabajo o un deterioro del poder adquisitivo. De acuerdo con fuentes conocedoras de lo ocurrido, también quedaron expuestas diferencias dentro del oficialismo sobre cómo sostener políticamente el rumbo económico y cómo enfrentar las negociaciones en el Congreso.
Defender una gestión no es, por sí mismo, un problema. Todo gobierno tiene derecho a explicar sus resultados, reivindicar sus políticas y discutir las interpretaciones que considera equivocadas. Incluso dentro del equipo económico aparecen argumentos concretos para sostener que la situación macroeconómica mejoró respecto del punto de partida. El secretario de Finanzas, Federico Furiase, sostuvo esta semana que el país está “mucho mejor que en diciembre de 2023”, aunque admitió que los resultados todavía no alcanzan.
El problema comienza cuando la defensa se transforma en una respuesta automática frente a cualquier dato incómodo.
Una cosa es discutir la interpretación de un indicador. Otra, muy diferente, es negar que existan dificultades porque reconocerlas puede ser leído como una concesión al adversario político.
Y allí aparece una pregunta que excede a Milei y alcanza a cualquier gobierno: ¿qué ocurre cuando el relato empieza a convertirse en un filtro para interpretar la realidad?
La economía no funciona a partir de consignas. Tampoco mejora o empeora porque un dirigente consiga imponer una determinada explicación. La actividad, el empleo, los ingresos, el consumo, la inversión y las cuentas públicas producen datos que pueden discutirse, contextualizarse y comparar, pero difícilmente puedan desaparecer detrás de una argumentación política.
El propio escenario del Congreso ofrece otra señal. El Gobierno necesita negociar el Presupuesto 2027 y construir acuerdos para avanzar con su agenda. En paralelo, la discusión sobre discapacidad generó malestar entre legisladores oficialistas y aliados porque el proyecto enviado por el Ejecutivo incorporó modificaciones que complicaron negociaciones que ya estaban en marcha.
Eso muestra que existe una diferencia entre gobernar con convicción y gobernar sin escuchar.
La primera puede ser una fortaleza. La segunda puede convertirse en un problema político cuando las señales provenientes de la sociedad, del Congreso o de la propia economía empiezan a ser interpretadas únicamente como ataques, operaciones o errores de quienes las señalan.
Milei construyó buena parte de su identidad política alrededor de la idea de no ceder ante las presiones. Esa característica fue central para explicar su llegada al poder y continúa formando parte de su manera de gobernar. Pero una cosa es no abandonar un objetivo y otra es negarse a revisar el camino cuando aparecen dificultades.
La realidad no pide permiso para aparecer.
Está en los comercios que venden menos, en las empresas que postergan inversiones, en los trabajadores que buscan mejorar sus ingresos, en quienes deben endeudarse para llegar a fin de mes y también en los sectores que efectivamente se beneficiaron de la estabilización macroeconómica. Todo eso forma parte de la misma Argentina.
El desafío para el Gobierno no debería ser conseguir que sus legisladores repitan una única interpretación de la realidad. Debería ser conseguir que esa interpretación pueda convivir con los problemas que todavía persisten.
Porque no conceder nada puede servir como consigna política, pero gobernar también implica reconocer aquello que todavía no funciona.
Y quizás allí esté una de las principales discusiones que se abren para la segunda mitad del mandato de Milei: si el Gobierno será capaz de sostener sus convicciones sin convertirlas en una explicación cerrada frente a cualquier dato que las contradiga.
La economía puede mejorar y, al mismo tiempo, dejar problemas sin resolver. Un gobierno puede haber conseguido resultados concretos y, simultáneamente, enfrentar dificultades reales. Reconocer ambas cosas no significa abandonar un programa.
Significa, simplemente, mirar la realidad completa.